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Ortografía I




Aún recuerdo, como si fuera ayer, la tarde en la que me tropecé con este libro de título desconcertante, La historia interminable. Era un frío invierno de hace 21 años. El aburrimiento, el mal tiempo, y el castigo sin salir por unas notas cuyos resultados no eran los esperados fueron los detonantes que me avocaron a su lectura. Escéptico sobre las novelas y relatos de fantasía, plagados de princesas, valerosos guerreros, dragones de la suerte y un sinfín de animalillos de curiosa morfología, supe desde que cayó este libro en mis manos y me apresuré a leerlo, que algo no sería como antes.
Bastian Baltasar Bux es un adolescente de lo más común en su instituto. Rechoncho, tímido y no muy buen estudiante, una mañana se refugia en la librería del señor Koreander en su huída por librarse de las bromas pesadas de algunos compañeros que la tenían tomada con él. Fue allí donde sintió la necesidad, tras una breve entrevista con el librero, de leer un libro de llamativas tapas con un medallón que resplandecía a la luz del famélico flexo que se esforzaba por dar a ese encuentro un halo de misterio. En un descuido del señor Koreander, agarró el libro y salió despavorido camino del instituto, al que llegó tarde. Subió al desván donde se amontonaban enseres inútiles e inservibles y acomodándose entre viejos pupitres manchados de tinta y balones medicinales pinchados, comenzó a leer.
La emperatriz Infantil se haya muy enferma aquejada de una extraña dolencia que sólo un joven guerrero llamado Atreyu será capaz de encontrar el remedio que logre sanar a la joven . Además, por si fuera poco, los confines de Fantasía se desintegran apresuradamente, segando la existencia de miles de criaturas y regiones ancestrales. Fantasía corre el peligro de desaparecer. Esta extraña circunstancia, pronto te hace partícipe en la búsqueda de la causa que motiva tan preocupante panorama. Atreyu, sin saber muy bien por dónde empezar recorre hasta el último rincón del reino buscando respuestas. En su camino se cruzará comepiedras, elfos, veloces caracoles, dragones de la suerte,  sabias tortugas, quiméricos palacios habitados por extraños seres y por supuesto, con la causa motivo de su búsqueda. No seré yo quien dé respuesta a este enigma, sino la lectura de todos cuantos no habéis tenido la fortuna de ser elegidos por la fuerza de este libro.
Mucho se ha escrito y discutido sobre hacia qué público va dirigido La historia interminable, pero lo que sí es cierto, es que tanto jóvenes como mayores han encontrado en él algo que no sabían que iban buscando. Se trata de un análisis perspicaz de la evolución y desarrollo de la vida da cada uno de nosotros. El niño, cuando da su paso a la adolescencia, piensa que deja atrás una etapa llena de inocencia, juegos y actitudes infantiloides que nada tienen que ver con lo que ahora es. Y con ese paso entiende que las princesas, príncipes, lobos feroces y malísimas madrastras poco le ayudan a construirse una imagen de cara a entrar en la edad adulta. Se equivocan. Michael Ende, y así lo entiendo, observa que el ser humano, llegado un momento en su vida olvida todo cuanto leyó y aprendió de los cuentos fantásticos ahogándose en un mundo de puro realismo y olvidando que los pilares de su mundo se construyeron sobre un mundo de Fantasía.